Anoche asistí como todos los años a la Misa de Resurrección al Colegio Marista de Santiago ya que me queda aun esa necesidad de vivir estos momentos dentro de lo que me formé y en buena parte me desarrollé.
A mi edad debería primar lo esencial del momento y la liturgia en si, pero me es imposible sustraerme a mi condición de marista.
Si yo hoy tuviera 16 o 17 años es evidente que la celebración de anoche la hubiera encontrado fome y lejana a mis necesidades de adolescente.
Ausencia total de participación de los chiquillos. Ausencia total de creatividad. Ausencia total de entusiasmo. Ausencia total de carisma.
¿Qué pasó? Si hace veinte años atrás los jóvenes podíamos ser los protagonistas de la Pascua de Resurrección, éramos los jóvenes los que poníamos la creatividad en un fogón pascual.
Me sorprendí cuando en la oscuridad del patio una voz adulta inicia la bendición del fuego y sin más preámbulo se encendió la fogata, una breve procesión y de ahí a la misa en la capilla del colegio.
Helado quedé cuando comprobé que el sacerdote su homilía o prédica la estaba leyendo. Las lecturas habían sido leídas sólo por adultos.
Párense, enciendan su velas, apáguenlas, párense, enciendan las velas, pueden apagarlas.
Terrible..!!!
Mientras los chiquillos revolviéndola en un patio lateral, al cabo de unos momentos un shhhhhh largo y fuerte para que los cabros se quedaran callados. Silencio por unos segundos y nuevamente el murmullo de voces jóvenes en el patio. Me daban ganas de irme al patio con ellos, pues ahí había vida, la que escaseaba al interior de la capilla.
Que manera la de este colegio de farrearse, a mi juicio, en forma irresponsable la noble tarea de educar a los jóvenes cristianamente.
Aunque al final de la misa el director del colegio, enfatizo director, la palabrita rector es una cursilería que no cuadra, se pare frente a los asistentes a la misa y recalque la misión de educar para Cristo a los jóvenes, es evidente que eso no está sucediendo en el Alonso de Ercilla.
Una vez fuera de la capilla, el consabido chocolate con leche y las galletas, este año opté por no servirme nada y observar como la gente iniciaba el retiro silenciosa como la vi llegar.
En resumen a los alumnos los vi sólo entregando el cancionero y la vela a la entrada del colegio y posteriormente a uno que otro repartiendo un pequeño recuerdo con tres huevos de chocolate.
Alguien podrá decirme que esta actividad era para los apoderados, a lo mejor, lo desconozco, pero eso no implica que los chiquillos que son los que le dan la vida a un colegio queden excluídos de actividades centrales de la vida de un cristiano. Al final los críos quedaron a nivel de gomas, usados sólo para una logística menor de repartir una que otra cosita.
Mal, y que sea lea claro, mal una vez más, muy mal el Alonso de Ercilla, urgen cambios profundos y si no, que deje de llamarse Marista.
Gerardo.donoso@gmail.com